23 marzo, 2013

La Hora del Idiota


ºCreo que hoy se "celebra" ......"La hora del idiota". Millones de terrícolas idiotizados por la ideología "New Age", apagarán sus ampolletas durante una hora (sesenta minutos), y luego seguirán tan panchos creyendo que hicieron algo para "salvar el planeta". Encenderán sus luces, verán la televisión, usarán el microondas, etc.,etc,.  pero con la íntima convicción, de que "hicieron algo", por la "salvación del planeta".  Un ritual estúpido sin ningún efecto real, pero que sirve para que los "buenos" se sientan aún  mejores.
 Los humanos reales, que alguna vez tuvimos que pasar semanas o meses sin electricidad, (sea por algún terremoto grado 8,8 Richter, o porque hubo tiempos en que no nos daba para pagar la cuenta, o porque hemos vivido en sectores donde no hay cobertura), .... ¿qué haremos??,.... Creo que lo primero sería agradecer a Dios y al capitalismo (inmisericorde y neoliberal), que nos permite tener electricidad a un precio módico; luego, encender nuestras luces, poner música de Wagner (sugiero la obertura de los Maestros cantores de Nüremberg), en un buen equipo estereofónico y a todo volumen,  y conectarnos a internet para leer cosas interesantes de todo el mundo, y escribir, también, alguna que otra huevada.
Mi "Hora del Idiota", será a todas luces. Y a toda música (stéreo).  Feliz "hora", idiotas.

01 febrero, 2013

Develando el Futuro

 Mi sobrina (la menor) Andrea, nacida en el hermano y sufrido país de Chávezuela, que ha sido favorecida con el raro don de la clarividencia, ya decidió iniciarse profesionalmente.
Por una módica tarifa de 4 bolívares y medio, Ud. puede consultar y despejar sus dudas sobre el futuro.



Preveo entonces una promisoria carrera de pitonisa. Con toda seguridad será contratada en la ONU para apoyar al IPCC en sus proyecciones del clima del próximo siglo.
 Y no sería raro que la NASA requiera sus servicios para asesorar a James Hansen, que todavía no le achunta a ni una. 


Un beso a la distancia para mi sibila favorita.

24 diciembre, 2012

¿Dónde está la frontera de la locura?

Se llama Richard Parncutt [-->], y es "musicólogo sistemático", (es decir, el profe de música, en castellano), en la Universidad de Graz.
Cuando leemos la Historia de las barbaridades que se pueden cometer contra los semejantes pensando que hay un fin superior que aquello justifica, nos escandalizamos y no podemos comprender cómo se puede llegar a tales exremos de alienación. Pero desgraciadamente los documentos existen, están las fotografías, los testimonios: cámaras de gas, montones de huesos, fosas comunes, etc. etc. Y sin embargo es ser humano no aprende. Se desvanece una utopía perversa, y antes de que cante el gallo ya habrá otra que la reemplace.  Aquí presento un caso, sacado del blog de Plazamoyua, que es necesario difundir a todo lo largo y lo ancho de la web; en todas las redes sociales, y ojalá que cada ser pensante reciba una copia. 


El tipo, obvio, es un demente. Pero un demente aparentemente normal, que hace una vida normal, tiene un buen trabajo, una familia (supongo), y goza de cierto prestigio en su medio. Pero, ocurre que en algún momento de su plácida existencia "algo" desencadena algún mecanismo mental que lo hace caer en el más delirante fanatismo, y en esa condición el buen burgués está dispuesto a justificar todo, cualquier cosa, incluso el asesinato, (y también el genocidio). Y no sólo está dispuesto a justificar el crimen, sino que también estará dispuesto a ejecutarlo, o a participar de la ejecución. 
Se llama Richard Parncutt [-->], y es "musicólogo sistemático", (es decir, el profe de música, en castellano), en la Universidad de Graz.  Publicó un artículo muy sesudo (y muy meditado, NO FUE UN EXABRUPTO), donde concluye que se debe aplicar la PENA DE MUERTE  a los "negadores" del "cambioclimático". 

SU RACIOCINIO  SE BASA EN LOS NÚMEROS: dado que el "calentamientoglobal-cambioclimático" provocará CIENTOS DE MILLONES de muertes en el futuro, entonces ejecutar a algunos pocos negadores hoy, podría evitar muchos de esos cientos de millones de muertos en el próximo siglo, incluso, sólo con atemorizar suficientemente a los negadores, para que se callen sus opiniones o renieguen de ellas (estilo Galileo), se podría salvar muchas vidas futuras, claro que para eso de todas maneras habrá que ejecutar a algunos para que se sepa que hablamos en serio y a los restantes habrá que darles cadena perpetua etc. etc,. Si todo esto que escrito parece tomado de los delirios de un demente, es porque así ha sido, y en seguida pondré los textos originales.
En todo caso, la Universidad de Graz, seguramente llevados por un vergüenza tardía ya borró el artículo de su profesor de música, pero, para que no se pierda este ya había quedado en algunos blogs escépticos, para disfrute e ilustración de las futuras generaciones.

En todo caso, aquí están:
El texto Original

La traducción (Google Translator)


22 diciembre, 2012

Un nuevo amanecer

Ya que no se acabó el mundo, por lo que se vé habrá que seguir aquí.
Mi propuesta para iniciar la "Nueva Era"

y con música.......

30 setiembre, 2012

Introducción a La Economía Basura.(o "economía del clima", también llamada)


Por lo común los textos de economía son bastante ampulosos en lo que toca a definir su materia de estudio (mal síntoma),  pero si se quisiera hacer una definición básica y de alcance general, podría decirse que se trata de la ciencia social concebida para estudiar sistemáticamente los procesos de producción, intercambio, distribución, etc., de los bienes y servicios  que la comunidad humana requiere para satisfacer sus necesidades.  Esto trae implícito dos derivaciones fundamentales: que los bienes y servicios deben ser escasos (en relación al requerimiento), y que deben ser útiles, es decir demandados para la satisfacción de alguna necesidad.  Si los bienes o servicios no son escasos, la Economía (como ciencia) carece de sentido, y si no son “útiles”, entonces no son bienes (ni servicios).
¿Sencillo?, no tanto. Ocurre que el concepto “necesidades” se hace bastante difuso en la medida de que las comunidades progresan en  bienestar, en complejidad y en la división del trabajo entre sus miembros.
De tal suerte que mientras se trate de bienes o servicios escasos y necesarios que se transen en un mercado libre, el análisis económico resulta útil y la Economía como ciencia se presenta armónica y coherente, pero la realidad no siempre (casi nunca, mejor dicho) permite estas condiciones; porque las necesidades de las personas evolucionan en forma impredecible y van haciéndose más diversas y más sofisticadas,  y porque los mercados se van enrareciendo progresivamente en la misma medida en que son “regulados” (es decir, distorsionados),  por ese mal presuntamente necesario que llamamos gobierno, y que en todos los países del mundo tiende a crecer como metástasis.
Debido, justamente a la intervención compulsiva de un grupo de gobiernos de países desarrollados, coludidos en torno a una ideología engañosa y a una conjunción  de inconfesables intereses políticos y financieros, una parte de la economía actual parece extraviada por derroteros paranoides, aventurándose en campos que son más propios de las creencias mágicas que de una “ciencia” en el sentido exacto de la palabra (que la entiende como un trabajo de probar teorías con datos mensurables del mundo exterior). Se le ha llamado “economía del clima”, o “economía del cambioclimático” o “economía verde”, o “climatenomics”, etc.; es relevante el detalle de que tal ideología haya encontrado terreno fértil en sociedades llamadas “de bienestar”, donde las necesidades elementales (alimentación, vivienda, sanidad, seguridad, educación), se hallaban en alta medida resueltas, y la población requería de otras motivaciones más sublimes y trascendentes (como la salvación del clima de los próximos cien años, por ejemplo).
De tal manera que nos encontramos con una abundante bibliografía de estudios económicos sobre un futuro que queda, -con mucho,- muy lejos de lo razonablemente predecible, basados, para peor, en modelos de anticipación sobre supuestos cambios climáticos globales cuya inverosimilitud queda de  manifiesto incluso por sus propias discrepancias.

En efecto, las “proyecciones” sobre el aumento de la temperatura global (y sus infaustas consecuencias), que entregan los “modelos” promovidos por el IPCC, difieren hasta en un 400%   en sus resultados a mediano plazo, pese a estar todos concebidos para un mismo fin (simular un “calentamiento catastrófico”). Lo anterior se aprecia en la representación gráfica de varios de los “modelos” de anticipación climática actualmente en uso, de lo cual se muestran a continuación dos versiones (entre muchas).

Acerca de las bases teóricas sobre las que se ha estado erigiendo este adefesio, resulta ilustrativo analizar las posturas de los académicos más comprometidos, como por ejemplo el nunca bien ponderado Paul Krugman (Premio Nobel de economía 2008), del cual se puede citar (entre muchos otros), un ensayo ampliamente traducido y difundido: “Cómo construir una economía verde (en este enlace)
En ese artículo Krugman presenta una síntesis de su “doctrina”.
El mundo se enfrentará  a una situación de “catástrofe climática global”, por motivo de las emisiones de bióxido de carbono, un gas de “efecto invernadero”. Estas emisiones son debidas al uso de combustibles fósiles; carbón, petróleo, gas.  Para evitar el  anunciado “desastre climático”, el mundo debe dejar de emitir bióxido de carbono, y para eso cuenta con tres opciones; 1. Prohibiciones, 2. Impuestos, y 3 comercio de emisiones.
“Los climatólogos aseguran que, si seguimos como hasta ahora, nos enfrentamos a una subida de las temperaturas mundiales que será apocalíptica”, dice Krugman.
 Suponer que no hay discusión ni incertidumbres entre los climatólogos (el tan invocado “consenso”), no puede ser más falso.  La llamada “ciencia del clima”, que en realidad abarca una constelación de conocimientos tomados de otras ciencias exactas y naturales (como física, química, geografía, astrofísica, astronomía, estadística, oceanografía, y ….etc.), está, aún al día de hoy, en su fase descriptiva. Lo único que sabemos con certeza es que nos falta mucho por saber, que las dudas son muchas más que las certidumbres (si es que hay alguna), y que hay muchas más preguntas que respuestas.
En base a esta falsa premisa (el “consenso de los climatólogos”), Krugman y sus cofrades erigen sus tesis. En sus textos aparece incontables veces  la palabra “contaminación” y sus derivados; siempre referidas al dióxido de carbono, gas inocuo e imprescindible para la vida, al que repetidamente se equipara con el dióxido de azufre, un compuesto tóxico y maloliente, precursor de las “lluvias ácidas”, y con otros verdaderos contaminantes.  Por lo tanto, para estos economistas las emisiones de CO2 deben ser consideradas "efectos externos negativos", de las actividades humanas, razón entonces para intervenir los mercados mediante regulaciones, prohibiciones e impuestos.
“Cuando hay "efectos externos negativos" -costes que los agentes económicos imponen a otros sin pagar un precio por sus acciones- se esfuma cualquier suposición de que la economía de mercado, si se la deja a su aire, hará lo que debe”, dice él.

Algunos colegas y seguidores suyos siguen estirando  y rizando la cuestión, sacando conclusiones sobre premisas falsas, hasta alcanzar extremos grotescos.  Para muestra se puede citar una memorable columna publicada y difundida profusamente por el economista (de Harvard) Sebastián Piñera, actual Presidente de Chile y reputado experto en cuestiones ambientales y climáticas; (esta columna, -y con los gaffes,-  resume su discurso habitual sobre el tema). (en este enlace)
Este ideario (aprendido de memoria y repetido hasta el cansancio), regado de lugares comunes y disparates tiene la virtud de ser representativo de la llamada “economía del clima” o del “cambio climático”, como la define Krugman.

Puede resumirse como sigue:
El IPCC ha establecido la “verdad”: estamos recalentando el clima con el CO2.
El “calentamiento” traerá una larga serie de calamidades para la humanidad.
Para evitar tales desastres habrá que controlar las emisiones de CO2.

Armados con estas “verdades” los economistas del clima se abocan a su trabajo, es decir, calcular los costos y planificar las medidas salvadoras.  Para tan enorme tarea cuentan con dos baterías de poderosas herramientas de anticipación:  los “modelos climáticos”, pergeñados al amparo del IPCC, y los “modelos económicos”, desarrollados por ellos mismos. 
No está de más recordar que los “modelos climáticos” no han sido verificados, y en realidad hasta el momento van fracasando, en tanto que los “modelos económicos”  han fracasado desde siempre. Por cierto, la malograda Lehman Brothers publicitó un celebrado estudio sobre "Cambio Climático" en 2007, donde se anticipaba sobre el clima de los próximos cien años, y los valores futuros de los "bonos de carbono". No supieron prever su propia quiebra a un año plazo.  “Es que se trata de sistemas complejos y no-lineales”, dice un conocido físico español.

Con el “cruzamiento” de los modelos climáticos y las proyecciones económicas los economistas van calculado los costos de cada una de las calamidades por venir; y, puesto que todos los desastres se pueden atribuir al demonizado bióxido de carbono (CO2), han llegado a determinar, con notable precisión, el “daño” futuro atribuible a cada tonelada adicional del gas que emitimos, lo que se llama el “costo marginal”, de la emisión. Y luego, con una adecuada tasa de descuento, ….. podemos tener el “valor presente neto” de nuestra “contaminación”, expresada en dólares por tonelada. Por supuesto que se contabilizan daños materiales y muertes provocadas por las sequías, inundaciones, huracanes, heladas, olas de calor,  pérdidas de terrenos por la subida del mar, malaria y otras enfermedades  (ahora atribuidas al clima), y …etc.,  pero …no es todo.  
El infausto Stern Review: Quizá si la contribución más novedosa de Nicholas Stern (ex "economista en jefe" del Bco. Mundial, ahora “lord” del imperio británico), a la ciencia económica del clima haya sido la proposición de una nueva teoría del interés, según la cual los “daños a sufrir” por las generaciones futuras a causa de nuestras iniquidades actuales deberían ser ponderadas tal como si ocurrieran  ahora mismo, por lo que su valor presente neto sería igual al costo proyectado en los artificiosos modelos, lo que debería ser compensado ex ante  mediante los correspondientes impuestos. Es decir, ponderamos (y pagamos), a precios actuales las eventuales calamidades climáticas que puedan ocurrir (o quizás no) de aquí a cien o doscientos años, y que por ahora sólo están en las fértiles imaginaciones de delirantes profetas.
Como esto resulta tan absurdo como indigerible, él propone, en la práctica, una tasa “moral” de descuento, arbitraria (“subjetiva”, se le dice elegantemente),  muy menor a la tasa corriente del mercado. Obviamente esa tasa “moral” de interés podría ser definida por cada economista (o grupo de ellos) a su amaño, con la única limitación de ser muy inferior a la tasa real de mercado, con lo que los resultados de sus “estudios” serían groseramente maniobrables, según las conveniencias del caso.
 Por otra parte. los métodos de valorización  diseñados por los teóricos de la economía del clima para los futuros desastres resultan ser bastante intrigantes. Citado de un ensayo de Jorge Riechmann*: (en este enlace)
* Jorge Riechmann es investigador sobre cuestiones socio-ecológicas en el Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS), profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad de Barcelona y vicepresidente de Científicos por el Medio Ambiente (CiMA). Ha sido coordinador de Vivir (bien) con menos (Icaria, CIP-FUHEM, Barcelona, 2007) – Publicacion 2009:http://www.fuhem.es/            .      (Nadie podría acusarlo de “negacionista”).

“En el modelo FUND, la pérdida de un kilómetro cuadrado de tierra firme por elevación del nivel del mar se valora en un máximo de 4 millones de dólares para los países de la OCDE (y 2 millones en el caso de humedales, para estos mismos países), y se considera que para los demás países este valor es proporcional al PIB por kilómetro cuadrado. (9) ¡De manera que grandes pérdidas territoriales en países pobres contarán lo mismo que pequeñas pérdidas en países ricos! Igual proporcionalidad en las pérdidas de vidas humanas (a causa del estrés térmico o las enfermedades infecciosas, por ejemplo): este modelo estima el valor de una vida en 200 veces su ingreso anual per cápita. (10) Por eso, graves pérdidas demográficas en países muy pobres contarían muy poco en cuanto a los resultados económicos agregados. Como sabemos de antemano que las pérdidas humanas a causa del cambio climático serán mayores precisamente en los países más pobres por su mayor vulnerabilidad hay que concluir que el modelo entraña un sesgo que subestimará las pérdidas –en vidas humanas, tierras, ecosistemas, etc.– en las zonas más pobres y vulnerables”.
¿Las vidas humanas supuestamente a perderse por el imaginario “cambioclimático”,  deberán entonces, valorarse proporcionalmente al  ingreso anual medio de cada país? ….. interesante propuesta. ¿Resultaría de esto que la optimización económica (minimización de pérdidas “globales”, en este caso), puede acometerse reduciendo las emisiones, y/o también  congelando o minimizando el crecimiento de los subdesarrollados? (los más expuestos a los desastres climáticos por venir, se dice).  ¿El “desarrollo sustentable” entonces, supuestamente tendría la virtud de ser eficiente en estos dos propósitos?.
 Pero Riechmann prosigue analizando también los “modelos” RICE y DICE (Regional Integrated Model of Climate and the Economy y Dynamic Integrated Model of Climate and the Economy), desarrollados por William Nordhaus y Joseph Boyer según un tipo avanzado de análisis coste-beneficio. (25)
Según estos influyentes estudios, cada tonelada adicional de emisiones de dióxido de carbono (CO2) provocará daños a largo plazo por un coste de 7,5 dólares(…). ¡Al coste por tonelada de CO2 y año se llega calculando los años de vida perdidos atribuibles al calentamiento global, divididos por las emisiones de CO2, tras haber aplicado una tasa de descuento del 5%. (¡las exclamaciones y el resaltado son míos!)
Nordhaus y Boyer calculan una pérdida en años de vida de casi 38 millones debido al cambio climático para el periodo 1990-2020. Esta medida de “salud perdida” es reducible a una cantidad de renta, ya que el coste de un año de vida se valora en dos años de renta per cápita. Por ejemplo, unos 68.200 dólares en EEUU en el año 2000, multiplicados por los 77 años de vida media de un estadounidense nos da una aproximación al coste final total de una vida de unos 5,3 millones de dólares…  mientras que en África subsahariana,  —dado que la renta y la esperanza de vida son menores, 940 dólares y 46,5 años respectivamente—, el coste de una vida ronda los 43.710 dólares; menos del 1% de los costes de la vida de un estadounidense. La pérdida de un año de vida en un país rico ¡equivaldría a más de dos vidas completas en uno pobre!

Según el “modelo” de Nordhaus, entonces,  desde 1990 a la fecha la humanidad habría perdido unos 25 millones de años de vida por causa del “calentamientoglobal-cambioclimático”; obvio que esta idiotez  no hay como comprobarla ni rebatirla (¿cuántos años más habría vivido mi abuelo si no hubiera muerto?), pero lo más insólito; las vidas humanas supuestamente perdidas  tienen diferencias de valor escandalosas, según se trate de ciudadanos de países pobres o de países ricos.

Durante los últimos años, John Hassler  y Per Krusell (Univ. De Estocolmo), han trabajado intensamente en la “economía del calentamiento global”, con una serie de artículos publicados.  Hassler tiene una ilustrativa columna en Vox (titulada: Pricing climate change) acerca de la valoración del cambio climático.

Una de sus tesis en esta columna es que los macroeconomistas no se han implicado lo suficiente en este debate. Mientras los expertos sobre el clima (sostiene él), pueden documentar los cambios observados y sus causas probables, estos suelen carecer de la formación adecuada para formular y evaluar políticas, en especial porque los efectos de equilibrio general de las medidas posibles son más sutiles de lo que pudiese parecer.

Bien,  convengamos en que los "expertos sobre el clima" carecen de la formación adecuada sobre temas de la macroeconomía; pero entonces, ¿qué le hace pensar a nuestro economista que los "expertos" sobre los mercados, el PIB, la inflación y etc., poseen la formación adecuada para evaluar y tamizar información que proviene del ámbito de las ciencias geofísicas? ¿Cómo pueden discernir si lo que se les dice sobre "el clima" es conocimiento o simple especulación?.  El nombre de esto es arrogancia intelectual; no se dan cuenta de que se puede escribir hasta una tesis doctoral basándose en una ilusión (o una estupidez). Sólo basta que el concepto basal sea absurdo o esté equivocado, (como la "Tesis de Aramis").
Cuánto más grave que divagar una tesis será entonces diseñar y luego imponer políticas económica y medidas fiscales basándose en disparates infundados, porque, huelga decirlo, todo el edificio teórico de los economistas del "cambioclimático", se construye sobre el infundio de que el CO2 en un "contaminante", que es "nocivo para el clima" , y que es urgente implementar medidas (y no importa cuán costosas sean), para salvarnos de tan acuciante peligro.
 Y no es chiste: en sus limitados alcances se han construido un esquema que se puede resumir en que  todo aquello que constituye lo que llamamos "clima", y sus cambios por venir, dependerá casi de una sola cosa: el CO2 del aire; en un esquema de….
 más CO2, = más calor.
 Luego, Todo el CO2 del aire que exceda de lo que había hace cien años, (aunque no tengan ni idea de cómo se puede saber eso), proviene de los combustibles fósiles que usamos en la vida diaria.
 Y creen, pánfilamente, que pueden planificar o controlar "el clima", mediante las medidas macroeconómicas y fiscales que afecten al uso de los combustibles.
En ese sentido es que he dicho que la columna de Hassler resulta “ilustrativa”; sin embargo, recibió en la misma un comentario interesantísimo de (univ. de Columbia) que lo pone en su lugar y que recomiendo leer. Entre otras cosas le dice que no se puede tomar en serio las pretendidas proyecciones a cien años, y ni mucho menos las a doscientos. Y en definitiva tampoco se puede tomar en serio la atribución a priori de un signo para las supuestas externalidades del presunto “calentamiento” (en otras palabras, ¿por qué un clima más frío sería mejor que uno más cálido?).

(en todo caso, la dirección del blog de Friedman es:   http://www.daviddfriedman.com/Future_Imperfect.html., y tiene la gentileza de publicar sus trabajos on line).

En lo medular, el planteamiento de Hassler se puede resumir en:
Liberar carbono fósil es una externalidad casi perfecta. El dióxido de carbono se propaga rápidamente a través de la atmósfera y el efecto que tiene es independiente de donde fue liberado. El coste social de las emisiones es altamente incierto y dependerá de un número de parámetros desconocidos.
Como se muestra en Golosov et al (2011), tres factores por separado son los principales factores determinantes del coste social del carbono que se emite, a saber:

¿Hasta cuándo estará este CO2 en la atmósfera?.
¿Cuánto daño causa una concentración dada de CO2?.
¿Cómo se descuenta el bienestar de las generaciones futuras?.

Dadas las mejores estimaciones de los dos primeros factores y las tasas de descuento estándar subjetivo, el costo social de emitir una tonelada de CO2 es del orden de €10,15.    Con un peso mayor en las generaciones futuras, el costo es mayor. A una tasa de descuento subjetiva de un 0,1% por año, el costo es de alrededor de € 100 por tonelada.

Como era de esperarse, en esta columna Hassler se autocita (Golosov et al es, en realidad un trabajo de él mismo, junto con Golosov y otros dos), lo que permite consultar la matriz de sus tesis, que está en un PDF titulado  “OPTIMAL TAXES ON FOSSIL FUEL IN GENERAL EQUILIBRIUM”, (cuyo enlace es éste).  Se trata de un intimidante documento de 48 páginas, profuso en funciones multivariable, con sus correspondientes derivadas parciales y ecuaciones diferenciales y, por supuesto, los consabidos símbolos tomados del alfabeto griego. Y todo para desarrollar una tesis que en realidad es un castillo de naipes.
Entrar en discusiones sobre el desarrollo analítico expuesto por Hassler y sus socios, sería un ejercicio bizantino. Primero, porque sabemos que fundamentan su análisis en premisas absurdas y no comprobadas (como lo son los artificiosos “modelos climáticos” patrocinados por el I.P.C.C.), y en segundo término, porque no hay razón para suponer que su metodología sea  incorrecta, lo que en todo caso sería irrelevante, porque lo que importa son sus conclusiones y recomendaciones.

En justificación de su “marco conceptual” Hassler  invoca los trabajos de Nordhaus :

“Para la elasticidad de los daños, seguimos por completo, incluidas las incertidumbres que ahí se expresan, la estimación de Nordhaus y Boyer (2000).
 Ellos usan una aproximación "de abajo hacia arriba", añadiendo medidas en dólares de una gran variedad de efectos de las sequías, las inundaciones y las tormentas causadas por el cambio climático, junto con cambios en la biodiversidad, y así sucesivamente”.

De manera que todo eventual daño atribuible a las presuntas calamidades meteorológicas presagiadas por los “modelos”, será considerado ahora un costo del “calentamientoglobal-cambioclimático”, y por lo tanto una externalidad de la emisión de CO2 por el uso de combustibles fósiles. Esto es como pretender que antes de que la humanidad iniciara el uso de esos combustibles la Tierra disfrutaba de un clima edénico; luego se sigue la “doctrina Stern”, de “evaluar” a precio actual los daños de unas eventualidades climáticas imaginarias.  No contentos con tales desatinos, y en base a estudios sobre la persistencia del CO2 en la atmósfera, los modelistas “proyectan” los daños a futuro y sus respectivos costos, en un horizonte de “anticipación” que casi alcanza los dos siglos. Haciendo sumatoria de todos los “daños”  venideros por las sequías, inundaciones, huracanes, subidas del nivel del mar, heladas, olas de calor, pérdida de corales, “acidificación” de los mares, etc.etc. (y en realidad todo lo que a uno se le ocurra), proyectados a 160 años m/m, y ponderando por la emisión de CO2 contemplada en sus “modelos”, obtienen entonces el “costo marginal de la externalidad”, es decir, el “daño” total que hace cada unidad extra del CO2 que estemos emitiendo en un momento dado.

De acuerdo al razonamiento clásico de Pigou, el impuesto óptimo a aplicarse es igual al costo marginal de la “externalidad”, de manera que cada modrego deba “internalizar” el “daño climático” que provocará su perfidia actual durante los próximos dos siglos .

En palabras de Hassler:

“Expresamos el impuesto por tonelada de carbono emitida a una producción anual global de 70 billones de dólares. Es útil para comparar nuestros resultados cuantitativos con las dos propuestas de política más importantes e influyentes en la literatura: que son Nordhaus (2000, 2007) y el informe Stern (2007) 0,3

 Estas propuestas determinan un impuesto de $ 30 y $ 250 dólares por tonelada de carbón, respectivamente.
 Una diferencia clave entre las dos propuestas es que utilizan tasas de descuento subjetivas muy diferentes.

  Nordhaus utiliza una tasa de 1,5% por año, basado principalmente en consideraciones de mercado.  Stern, que añade un adicional "moral " de preocupación por las generaciones futuras, utiliza la tasa mucho más baja de 0,1% anual.

Para estos dos valores de la tasa de descuento, los impuestos óptimos a través de nuestro propio análisis son $ 56.9/ton y $ 496/ton, respectivamente”.
(diferencia de 872% , nada más)

Para demostrar la incidencia que tendrá la tasa “subjetiva” de descuento que se utilice en los futuros cálculos del impuesto “óptimo” sobre las emisiones, Hassler presenta el siguiente gráfico:
El gáfico demuestra el amplio rango de maniobra que tienen los economistas “climáticos” para fijar el impuesto “óptimo”!, según determinen Hassler y su equipo, mediante el sencillo expediente de elegir una tasa “subjetiva (moral)” de descuento que estará entre 0% y la tasa corriente del mercado. Mientras más “moral” la tasa subjetiva, más alto el impuesto óptimo.
El propio Hassler  ilustra esto con la mayor candidez (ver 6: conclusiones de su documento):  
“Evaluamos cuantitativamente esta fórmula y encontramos que resultados son aproximadamente el doble del tamaño de los esgrimidos por Nordhaus y Boyer (2000). La diferencia entre los resultados obtenidos se deben a una variedad de diferencias en los supuestos; por ejemplo, la estructura de depreciación del carbono (se refiere a la absorción natural del carbono) .
Sin embargo, es posible llegar a estimaciones que están muy cerca de (las de) Nordhaus realizando los ajustes adecuados a las tasas de depreciación del carbono, las tasas de descuento, curvaturas de la función de utilidad-, y retrasos en la dinámica (de la) temperatura.
 Stern (2007) llega a estimaciones mucho más altas; si nos limitamos a ajustar nuestro tasa de descuento subjetiva hasta el nivel defendido en su informe, se obtiene una tasa impositiva óptima que es aproximadamente el doble de la suya.

Nuestra Estimación, con una tasa de descuento del 1,5% anual, es que la externalidad costo marginal del daño es un poco menos de $ 60 por tonelada de carbono, y para una tasa de descuento del 0,1%, está sobre   $ 500 por tonelada”.
En otras palabras, Hassler no tendría problemas en modificar adecuadamente sus tasas de descuento para hacer coincidir sus resultados con los de sus precursores,  pero además ¡el habla de hacer los “ajustes adecuados” sobre variables exógenas y desconocidas, como lo son el ciclo del carbono o la dinámica de las temperaturas del porvenir!.

Para tratar de resumir la cuestión:
Las dos propuestas de política económica sobre el “cambioclimático” más importantes e influyentes en la literatura son Nordhaus (2000, 2007) y el informe Stern (2007).  Estas propuestas determinan un impuesto pigouviano óptimo de $ 30 y $ 250 dólares por tonelada de carbón, respectivamente. Nordhaus utiliza una tasa de 1,5% por año, basado principalmente en consideraciones de mercado.  Stern, que añade una consideración "moral" de preocupación por las generaciones futuras, utiliza la tasa mucho más baja de 0,1% anual.

Este impuesto es igual a la externalidad, es decir, el costo marginal de cada tonelada de carbono emitido. Y esta se “calculó” ponderando todos los “daños climáticos” atribuidos a cada tonelada de carbono desde su emisión hasta que resulta absorbida por la naturaleza.

Para estos dos valores de la tasa de descuento, los impuestos óptimos a través de su propio análisis (Hassler et al), son $ 56.9/ton y $ 496/ton, respectivamente”.
De acuerdo a lo anterior, las propuestas de William Nordhaus y Nicholas Stern (“lord” del imperio Británico recientemente investido), representan, cada una de ellas, el valor actualizado neto de las calamidades climáticas que serán provocadas por cada tonelada de carbono emitida hoy a la atmósfera.
Afortunadamente la aritmética de la teoría del interés es sencilla. Si usamos las respectivas tasas de descuento como tasas de interés compuesto, llegaremos a la ponderación de los “daños” climáticos acumulados (en el futuro) que han calculado estos próceres.
Supongamos que queremos saber cuánto daño acumulado provocará nuestra tonelada de carbono en 60 años.
Según el “cálculo” de Nordhaus ello sería de :
 $ 30•(1+0,015)60 = $ 73,3

Y según el cálculo de “lord” Stern, sería de :
  $ 250•(1+0,001)60 = $ 265,45

Ante esta enorme disparidad en los resultados (y son estimaciones “científicas”), podríamos suponer que uno de estos hombres (o ambos), sencillamente no sabe de lo que está hablando.  En realidad, la única solución posible para que estas “estimaciones” resulten coherentes entre ellas, será encontrar el valor común (si lo hubiera), es decir, un punto hipotético en una gráfica donde se crucen las curvas de interés compuesto de ambas estimaciones. Afortunadamente, el valor sí existe, y resulta muy fácil de determinar (Excel mediante). Ocurre a los 153 años!, y corresponde a un “daño” acumulado de  $ 292/ton  (aprox).


Es decir, nuestros economistas climáticos han logrado hacer sumatoria, de aquí a 153 años,  de todos los “daños”  venideros por las sequías, inundaciones, huracanes, subidas del nivel del mar, heladas, olas de calor, pérdida de corales, “acidificación” de los mares, malaria y dengue, etc.etc., atribuibles a una tonelada de carbono que se emita a la atmósfera hoy.
¿Se puede tomar en serio lo anterior?. .. difícilmente, pero no es todo. Supóngase que fuera correcto el “cálculo” de  $ 292/ton en “daños climáticos” acumulados al año 2165.  Sabemos que Nordhaus usa una tasa “subjetiva” (es decir, arbitraria), de descuento de 1,5%, y que “lord” Stern prefiere una más “subjetiva” aún de 0,1% por razones “morales”.   ………..¿Qué sucedería si descontáramos los “daños climáticos” acumulados al año 2165, simplemente con una tasa normal de mercado la que corrientemente está entre 4 y 5% (en un país como el mío, por ejemplo)?
O sea  ….esto? :         $ 292 /(1+0,045)153 = $ 0,35/ton

Ocurriría que el impuesto pigouviano óptimo así calculado resulta simplemente trivial, insignificante, y, la verdad, no parece que se justifique el formidable despliegue académico e intelectual de nuestros economistas climáticos para llegar a esta minucia. Se entiende entonces la preferencia por usar tasas “subjetivas” de descuento.     Por su parte John Hassler hizo su propia estimación del impuesto pigouviano óptimo usando las tasas subjetivas de descuento propuestas por Nordhaus y por Stern, y sus resultados fueron $ 56.9/ton y $496/ton, respectivamente. Repitiendo el procedimiento anterior se puede deducir entonces, que Hassler y su equipo han determinado un daño total acumulado de $ 580/ton  al año 2168 para una tonelada de carbono emitida hoy.  Y según sus propias palabras “Dadas las mejores estimaciones de los factores y las tasas de descuento estándar subjetivo…etc”. El resultado de este disparate se puede ver en el gráfico siguiente:

De manera análoga, la estimación total de “daños” de Hassler descontada a tasa normal, resulta decepcionante:                $ 580 /(1+0,045)156 = $ 0,6/ton

Hasta ahora podría decirse entonces que un impuesto pigouviano “óptimo” sobre la “contaminación” por CO2 podría determinarse en un rango desde  $ 0,3/ton de carbono emitido (usando una tasa de descuento corriente de mercado) hasta $ 500/ton de carbono emitido (usando una tasa “moral” de descuento como defiende “lord” Stern); lo anterior, si se toma como correctas las estimaciones de “daños climáticos” más invocadas en base a los “modelos” en uso.  En todo caso, Hassler reconoce que sus cálculos podrían requerir de revisiones futuras de acuerdo a las cambiantes circunstancias, como lo expresa en su impresionante  paper escrito junto con Golosov et al.
“Since stochastics factours are allowed in our analysis, and since a form of certainty equivalence applies, as discussed above, it is straightforward to see how future updates about the social cost will cause the tax to vary”.  “….es fácil ver cómo las futuras actualizaciones sobre el costo social causará variar el impuesto” (dice él), …y sin embargo, esas actualizaciones resultarían ociosas si en definitiva se determinará una tasa “subjetiva” de descuento para definir el impuesto óptimo.

¿Un impuesto al desarrollo?    Por otra parte, si se ponderan los supuestos futuros “daños” en pérdidas materiales o en vidas humanas de acuerdo al ingreso medio de cada país, como contemplan los “modelos”, se presentaría un efecto perverso en el sentido de que  el crecimiento de los países pobres tendría que reflejarse en un incremento del impuesto “óptimo”, que debiéramos pagar ahora. Más claramente hablando entonces, ¡no nos conviene que los pobres se desarrollen!.

¿Planificando la economía mundial (¡y el clima!) hasta el siglo XXIII?.  Es tan grande y ciega la fe depositada por los economistas del clima en sus “modelos” (y en los del IPCC), que a ratos resulta conmovedora. La siguiente figura representa la estimación del consumo de petróleo (o su equivalente en carbón) hasta el año ¡2120! , contando con el impuesto “óptimo”, (optimal allocation), o dejando actuar al mercado (laissez-faire) (Hassler et al).
Esto es comparable a que en 1900 alguien haya proyectado la demanda de caballos de tiro hasta el año actual (de hecho, ¡se hizo!). Del mismo modo, la figura siguiente muestra la proyección de “daños climáticos” como porcentaje del PIB mundial que ocurrirán desde hoy ¡hasta el 2200!, en ambos escenarios, en el imaginario de John Hassler y su equipo.

Por último, no podía faltar la profecía respecto a la temperatura media mundial. Según el “modelo” defendido por Hassler, esta se incrementará hasta un peak de sobre 7 °C, para el año ¡2120!, si se deja solo al mercado. En el caso de aplicarse políticas “óptimas” (es decir, controles e impuestos), la suba llegaría “sólo” a poco más de 4 °C para 2130. En este caso el horizonte de anticipación también llega al  año   ¡2200!.

Esta pretensión de anticipar un futuro a largo plazo y con tal precisión en base a “modelos” altamente especulativos, dando por ciertas premisas más que dudosas, no puede tener otro destino que el fracaso. De hecho los modelos no aparecen demasiado acertados ni aún hoy,  con muy pocos años de recorrido; ¿acaso tendrán mejores resultados en cien o doscientos años?.  
Los modelos stándard de el cambio de clima tienden a sobre-predecir el  calentamiento a temperaturas actuales(nota al pié, 36).
“Nuestro modelo sobre-predice la temperatura actual por alrededor de un grado. Una explicación común para estos es que los aerosoles antropogénicos conducen un efecto de enfriamiento temporal,  enmascarando el impacto total de los gases de invernadero”(nota al pié, 37).
El arte de la profecía puede ser un asunto complicado. Sobre todo si se trata del futuro.
Con todo, al ejercicio de Hassler y sus socios habrá que reconocerle un par de innegables méritos, porque basándose en “modelos” y estimaciones tomadas del IPCC, sin cuestionar su validez, y aplicando un impresionante desarrollo analítico sacado de la Ciencia Económica, deja en ridículo al menos dos de los dogmas más arraigados del catecismo del clima:
1.      Que si no hacemos nada, los costos globales del “calentamientoglobal”-“cambioclimático”, llegarán al ¡20%! Del PIB mundial durante este siglo. Es la terrorífica predicción de “lord” Stern en su celebérrimo “infórme”. En la figura 5 se muestra que en la proyección de Hassler, “si no hacemos nada”, los costos globales del “calentamientoglobal”-“cambioclimático”, apenas pasarían del 4% del PIB mundial hacia el año 2100, y en todo caso tendrían un peak de poco más del 6% para 2120. No es que esta “predicción” resulte mínimamente confiable ni nada de eso, pero no puede dejar de notarse la evidente contradicción.
2.      Que no podemos permitir que la temperatura media global suba más de dos grados. La ridícula pretensión de la O.N.U.  repetida como mantra (creo que fue uno de los “acuerdos” de Copenhague), por la que los burócratas “climáticos” se autoengañan soñando que pueden controlar  o planificar el clima inventándose impuestos, regulaciones, prohibiciones, subsidios, y toda clase de barbaridades económicas. Según el “modelo” Hassler (Fig.6), la temperatura se incrementaría hasta un peak de sobre 7 °C, para el año 2120 si no hacemos nada (que es lo más probable), y de aplicarse sus políticas “óptimas” la subida llegaría “sólo” a poco más de 4 °C para 2130. Con ello estaríamos saliendo del Cuaternario; sin duda un acontecimiento único en la Historia de la humanidad (y del Planeta); los geólogos estarán de fiesta (de bacanal, mejor).
Terminando Hassler su exposición (en la sección 6, “Conclusiones”), se encuentra la siguiente declaración:
“Por supuesto, esto no quiere decir que es factible de aplicar el impuesto óptimo: para ello, se necesita un acuerdo mundial”.
Obviamente. Toda esta ideología se sustenta en la necesidad de un “acuerdo mundial”, la tan anhelada “gobernanza”. En el fondo, que una burocracia internacional (y la O.N.U. se ofrece desinteresadamente para asumir tan transcendental misión), se encargue de planificar la economía de todo el mundo, es decir, y entiéndase bien, ya no se trata de la planificación central de la economía de un país, o de un grupo de paises; ahora vamos por la planificación central de la economía de todo el mundo ……”el cambio climático ya ocurrido y por ocurrir representa definitivamente una real y formidable amenaza para la humanidad y exige una respuesta coordinada, urgente y eficaz a nivel global, que aún no hemos sido capaces de implementar”, (citando a un economista de Harvard, actualmente Presidente de Chile).

En palabras del nunca bien justipreciado Paul Krugman:    “Como ha sostenido Martin Weitzman, de Harvard, en varios artículos influyentes, si hay una posibilidad significativa de que se produzca una catástrofe absoluta, esa posibilidad -más que la cuestión de la probabilidad- debería dominar los cálculos de los costes frente a los beneficios. Y la de la catástrofe absoluta sí que parece una posibilidad realista, aun cuando no sea el resultado más probable”.    “Weitzman sostiene -y yo estoy de acuerdo- que este riesgo de una catástrofe, más que los detalles de los cálculos de los costes frente a los beneficios, es el argumento más poderoso a favor de una política climática rigurosa”.   “… una política así sería proteccionista, una violación de los principios del libre comercio, ¿y qué? Mantener los mercados mundiales abiertos es importante, pero evitar una catástrofe planetaria es mucho más importante.

La “Catástrofe planetaria”, el espantajo permanente. Si nos creemos las delirantes profecías de los “modelistas” (los climáticos y los económicos), deberíamos plegarnos a la conclusión de Krugman: evitar una catástrofe planetaria es mucho más importante que mantener los mercados mundiales abiertos; pero si sabemos, atendiendo los fundamentos básicos de la ciencia en que Krugman es experto, además de la evidencia empírica que está a la vista, que “mantener los mercados mundiales abiertos” es en realidad un prerrequisito para lograr el desarrollo económico que es el anhelo de tres cuartos de la humanidad, sería difícil entonces convencer a esos tres cuartos de los humanos que acepten consciente e informadamente postergar o resignar sus planes de desarrollo.  Y una de las formas de lograr aquello es, engañando e infundiendo miedo.
El temor a una imaginaria “catástrofe planetaria”, o un “colapso civilizatorio” (tontísima expresión debida a Jorge Riechmann),  resulta entonces el pretexto perfecto para que los más pobres acepten seguir siendo pobres, mientras los ricos gustosamente les ayuden aceptando o imponiendo toda clase de trabas al comercio internacional.
Si Africa, con sus enormes extensiones de tierra podría producir con toda holgura todos los alimentos que necesita Europa, y a precios mucho más bajos que los actuales a pesar de las distancias, y ello en realidad no sucede, sino por el contrario, Europa mantiene una agricultura de invernadero subsidiada y con toda clase de artificios proteccionistas, mientras Africa sigue en la pobreza, entonces se puede decir que estamos ante una situación aberrante. Mantener este estado de cosas es realmente “insostenible”, como lo demuestra la constante inmigración ilegal que resulta la faceta más visible del problema.

 Es en este contexto entonces, que el “impuesto al carbono” resulta la disculpa “moral” perfecta para mantener el status quo.  Si el bien producido en el mundo subdesarrollado quiere venderse en el mundo rico (Europa), entonces deberá cargar, además de sus costos inherentes (mucho más bajos respecto a los europeos), con los impuestos “climáticos” sobre su proceso de producción y de transporte, almacenamiento y distribución (tractores, cosechadoras, frigoríficos, y ,…en general, trate de imaginar un flujo productivo que no requiera combustibles), de manera que mientras más lejos esté el productor, más impuesto deberá pagar, costo que se agrega simplemente al costo inevitable del flete.
“Cuando los compradores vayan a la frutería, por ejemplo, se encontrarán con que las frutas y las verduras que vienen de lejos tienen precios más altos que las locales, lo que será en parte un reflejo del coste de los permisos de emisión o impuestos pagados para enviar esos productos(Krugman dixit).

La “catástrofe planetaria”, entonces, deviene en la cobertura “moral” perfecta para mantener la actual distribución del ingreso a nivel “planetario”, lo que no resulta muy ¨óptimo” (ni tampoco “moral”) en realidad.

 James Hansen, el perturbado climatólogo de la NASA que ostenta un impresionante record de profecías estrafalarias respecto al clima, (como que para estos días ….. parte de la ciudad de Nueva York ya estaría bajo las aguas del Hudson), ha defendido enérgicamente que la mayor parte del problema del cambio climático se debe a una sola cosa, la combustión del carbón, y que hagamos lo que hagamos tenemos que dejar de quemar carbón de aquí a 20 años. Hansen pertenece a la clase de fanáticos que demuestran total incapacidad de evaluar la incoherencia de sus delirios, y entre sus “propuestas” está, ni más ni menos, la de dejar enterrados para siempre los hidrocarburos en sus yacimientos decretando una moratoria mundial. ¿Resulta aceptable, o meramente concebible que se les exija a los paises pobres del mundo renunciar a la fuente de energía más barata, abundante y mejor distribuida entre las que de momento dispone la humanidad? ¿y considerando que necesitan  desesperadamente de energía barata y abundante para superar su pobreza? Evidentemente no, pero Hansen no duda en recomendar la coerción comercial contra ellos si se resistieran a plegarse a la moratoria. ¿Alguien tendrá el desplante (y la fuerza) para obligar a China, por ejemplo, a que renuncie a utilizar sus gigantescas reservas de carbón? Obviamente la respuesta es no. Y entonces, ¿Cuál sería la “moral” para obligar a los países más débiles?.   Lo grave es que Krugman, el Premio Nobel de economía 2008 (y con él hay muchos más), se muestra de acuerdo con Hansen.

Algunas estimaciones cuantitativas para entender mejor la cuestión (tomadas de aquí):


Total de CO2 anualmente emitido (todas las fuentes) es de 188 billones de toneladas
8 billones proceden de la actividad humana (EE.UU. produce 2 billones).

El total de CO2 en la atmósfera es de 5 quadrillones de toneladas (5•1015 ton)
Todo el CO2 atribuible a la actividad humana correspondería al  0,00016% del total de la atmósfera.

La verdad es que todas estas cifras deben tomarse con cierta parsimonia; son estimaciones, y hasta ahí llega su utilidad. Sin embargo, permiten apreciar el grado de distorsión paranoica con que se nos presenta (habitualmente por la prensa interesada) el supuesto “problema” de la “contaminación” por CO2.  Se anuncia una catástrofe apocalíptica, y en verdad las cifras reales resultan ínfimas.

Y un alcance más sobre la tasa “moral” (subjetiva) de descuento.   En Diciembre de 2009, días después de la fútil “cumbre” de Copenhague, Nicholas Stern (ahora “lord” del imperio británico), declaraba en entrevista con Alvaro Vargas Llosa:

“Los políticos deben decir la verdad: evitar el calentamiento significará un aumento de los precios en asuntos básicos como los alimentos y la energía. Decir lo contrario es negar la realidad”.

No podría estar más de acuerdo con milord. El detalle es que alimentos y energía son costos críticos para la vida de las personas que hoy están en la pobreza, y estas son una parte demasiado grande de la humanidad. Algo hay en esta declaración que me hace sospechar alguna dosis de insania en el autor, y debido a eso  resulta útil analizar con cierto detenimiento lo que constituye su contribución más señera en este debate; es decir, su “tasa moral” de descuento para la actualización de los supuestos “daños” climáticos de los próximos dos siglos.
Hay que partir recordando que la función de descuento no es más que la inversa de la función de interés compuesto, y que ambas son expresión matemática de lo que en Economía se define como “preferencia en el tiempo”. Según esta definición, que es totalmente irrefutable, los humanos prefieren obtener un beneficio hoy que obtenerlo en el futuro; si alguien decide no gastar parte de su dinero hoy, para hacerlo dentro de unos años, es porque tal postergación le reportará un beneficio adicional, y ese beneficio adicional es lo que se representa con la tasa de interés que perciba por su ahorro. De manera análoga, cuando alguien decide asumir hoy un sacrificio que se esperaba para el futuro (como el pago anticipado de una deuda programada), es porque espera un beneficio adicional por esa anticipación, y la representación matemática de ese beneficio adicional es lo que se conoce como la tasa de descuento. De manera que la “preferencia en el tiempo” es real,  y las tasas de interés y de descuento son datos que en ningún análisis económico podrían obviarse.  Luego, si  se trata de una economía sana (es decir, idealmente alejada de las manos de los políticos), la tasa de interés y la de descuento resultan idénticas, porque se trata de la misma cosa, y la “preferencia en el tiempo”  funciona en ambos sentidos.  Sin embargo, aún hay algo más: la tasa de interés/descuento no puede ser uniforme ni única para todo el mundo, porque la “preferencia en el tiempo”,  no lo es; antes bien, será muy variable de una persona a otra, básicamente porque los ciudadanos tienen distintos niveles de ingreso y distintas proyecciones de futuro. Y un caso especial, y muy frecuente, por desgracia, es que la “preferencia en el tiempo” tienda a un valor infinito, en personas cuya capacidad de ahorro es baja, bajísima o nula, y que literalmente “no pueden esperar”, o sea, …los pobres.
Para alguien que vive en la pobreza, el ahorrar parte de su ingreso constituye un sacrificio tan grande, que la tasa de interés de su ahorro deberá ser enorme para que le resulte atractivo. Lo mismo ocurre con la tasa de descuento; dicha tasa resulta enorme, porque para él es enormemente beneficioso postergar sacrificios hacia el futuro ya que su presente  ya es demasiado paupérrimo. 
Pero las personas viven en sociedades, y éstas generan mercados. Cuando los mercados funcionan, se va perfilando una tasa de interés/descuento que podría considerarse una suerte de promedio ponderado entre las “preferencias en el tiempo” de los integrantes de una sociedad (es decir, de un país); pero ésta, además, resulta un PARAMETRO de la riqueza/pobreza de esa economía, de manera entonces, que para sociedades ricas (países ricos), los tipos de interés/descuento tienden a ser bajos (reflejo de su abundancia de capital), mientras que para sociedades pobres (paises pobres), tienden a ser más altas (reflejo de lo contrario).
 A la luz de este análisis  (y si está correcto), resulta entonces chocante la propuesta de “lord” Stern,  de castigar a todos por igual, ricos y pobres, con un criterio de actualización de hipotéticos daños futuros, que se encuentra fuera de toda lógica, por cuanto se usa en él una tasa de descuento arbitraria y absurdamente baja, cercana a cero. 
 Con una confianza ciega en “modelos” fantasiosos que pretenden anticipar daños del clima proyectados hasta más de cien años (no habiendo la menor justificación para esta ciega confianza); evaluando esos futuros y presuntos daños con parámetros y precios actuales (lo que resulta tan antojadizo como lo anterior), y con pretensión de imponer tributos “globales”, sobre el CO2, lo que requeriría una verdadera abdicación de soberanía de los estados en favor de la ONU, la propuesta entonces, resulta desatinada. La tasa de descuento absurdamente baja, aún cuando se la pretenda llamar “moral”, es efectivamente un castigo directo a los pobres, porque les obligaría  a pagar un tributo alto (para ellos) por “daños” que, de ser ciertos, no son de su culpabilidad, y que en todo caso están fuera de su horizonte de proyección, el que suele estar copado con necesidades urgentes e inmediatas.
Y esto que vale para las personas pobres es igualmente válido para los países pobres
 Hay que tener en cuenta que un impuesto así determinado, aún cuando se le pretenda “óptimo”, resulta tremendamente regresivo, y sólo podría imponerse mediante la fuerza directa o la coerción comercial, como lo ha propuesto el perturbado James Hansen.

En el ensayo antes mencionado, que puede leerse en este enlace, Paul Krugman declara solemnemente:  Éste es un artículo sobre la economía del clima, no sobre la climatología”. Permítaseme declarar entonces, con la misma solemnidad, que lo que está terminando de leer no pretende ser un artículo sobre “la economía del clima”, porque, es obvio, tal estupidez no existe. La Economía, como ciencia social, tiene y sólo tendrá validez en el ámbito que bien le corresponde, es decir, en el de los fenómenos sociales que pudieran explicarse o predecirse con las herramientas que esta Ciencia ha desarrollado: oferta, mercados, producción, inflación, masas monetarias, etc. y etc., pero nada de ello tiene relación ni puede tenerla con lo que suceda en los flujos de calor atmosférico, las precipitaciones, ni la nubosidad, ni nada de lo que conocemos como “clima”, todo ello materia de estudio de las ciencias naturales.
Lo que se ha pretendido es exponer las incoherencias y los desvaríos en que estamos cayendo,  legos y “expertos”, a causa de la inmensa soberbia de creer que somos capaces de modificar “el clima”, (muchos sin saber ni siquiera que se entiende por tal cosa), y no contentos con eso, creernos el cuento de que también podríamos “planificarlo”, con el simple expediente de inventarnos impuestos, prohibiciones y subsidios, y, por supuesto, una “gobernanza mundial climática” para que esos artificios resultaren efectivos. Nada de eso es cierto, y ni siquiera es factible, pero podría ser un pretexto poderoso para imponer una situación indeseable para el desarrollo de los más postergados, y más aún para la libertad de los ciudadanos de este mundo en un futuro no tan hipotético. Hay que pensar que una burocracia mundial, elegida por nadie, y revestida de grandes poderes sobre la economía de todos, y que pudiere racionar nuestro uso de energía,  resultará muchísimo más asfixiante y peligrosa que las molestas burocracias locales que cada uno de nosotros debemos soportar a diario en nuestros respectivos países.
El ver a distinguidos y galardonados personajes, actualmente paladines de la “Ciencia Económica”, cargados de premios y cartones, y respaldados por venerables instituciones y universidades actuando de corifeos o cómplices de este monumental despropósito resulta indignante.  Esto es lo que propongo llamar entonces, la “Economía Basura”,

Y sin embargo, éste tampoco pretende ser un artículo sobre la climatología, porque en tal caso, necesitaríamos una extensión de al menos diez veces lo que llevamos hasta aquí, y otra extensión quizás mayor para referencias y citas. No se pretende eso.
Lo que no podría dejar de mencionar es lo que sigue;
La llamada “Ciencia del clima”, en realidad una constelación de conocimientos tomados de las ciencias básicas, está, -aún al día de hoy- en su fase descriptiva. La pretensión de “modelizar” los climas que tendremos en el futuro (climático) inmediato, es decir, los próximos cien o doscientos años, es tan jactanciosa como sería la de predecir la del año próximo.
De todos los factores que inciden en lo que llamamos el clima de una región, los principales no son modificables por acción humana, (piénsese en la radiación del sol, las corrientes oceánicas, frías o cálidas,  la distribución asimétrica de tierras y mares, las grandes cadenas montañosas, los vientos planetarios, la nubosidad, las radiaciones cósmicas, las variables astrofísicas, y…etc.). Aún si conociéramos todas las variables que inciden (que no es el caso), tampoco podríamos “modelizarlas” dado que menos aún conocemos las interacciones (y considérese que estoy hablando de interacciones múltiples, no de causa-efecto entre dos variables).
Por lo tanto, pretender que todo el fenómeno climático actual (un presunto calentamiento menor a lo largo de dos siglos) pueda ser atribuido exclusivamente a uno sólo de los factores del clima, el llamado “efecto de invernadero”, y circunscribirlo todo a solamente la emisión de unos gases que están en concentraciones ínfimas en la atmósfera, no puede ser tomado en serio. No al extremo de condicionar el desarrollo de tres cuartos de la humanidad por la quimera de “no recalentar el planeta”, sin tener ninguna prueba efectiva de que la suposición sea correcta.  Menos aún si se tiene en cuenta de que en el “efecto de invernadero” el principal actor es el agua; sea como vapor, sea como nubes,  es el agua y sólo el agua el 90% y más del “efecto de invernadero” y esto lo saben todos, climatólogos y economistas.
No tiene ninguna lógica entonces la pretensión de que limitando las emisiones de CO2 podamos influir en alguna medida sobre el clima futuro. Tal acción sería tan perjudicial como ineficaz, y eso se ha estado demostrando con las patéticas “cumbres” de la ONU, los fiascos económicos del “protocolo de Kioto” y el desprestigio cada vez más generalizado en que están cayendo los científicos que, quizás seducidos por la pasajera celebridad, quizás por los jugosos presupuestos obtenidos de los gobiernos, se han hecho cómplices y han liderado este despropósito.
Con todo, no sería superfluo que alguno de los creadores de los “modelos” preste atención a los efectos beneficiosos que traería el enriquecimiento de la atmósfera con mayores concentraciones de CO2, literalmente “el gas de la vida”, ya que este es el alimento de las plantas verdes, y esto dicho sin la menor exageración.
 Más CO2 en el aire significa mayor eficiencia en la fotosíntesis, mejores cosechas, más crecimiento en bosques y praderas, y mayor eficiencia hídrica, todo lo cual no puede ser sino beneficioso, para la naturaleza y para la economía. También podría considerarse los beneficios que traería el supuesto “calentamiento” en enormes extensiones de tierras del Hemisferio Norte, donde el factor crítico es justamente el frío, o sea, la falta de calor, y no su exceso.  Por su parte, el derretimiento de las banquisas de hielo flotante es un factor de estímulo para la productividad de los mares Ártico y Antártico, pues ya se ha visto y documentado como se incrementa la biomasa del fitoplancton al recibir luz solar, y con ello se activa toda la cadena trófica.

 La “economía basura” pretende darnos los fundamentos teóricos para la creación de los impuestos al carbono. La otra faceta del fraude está representada en el “comercio de emisiones”, o “bonos de carbono”,  tema que se analizará en el próximo capítulo, lo que se puede llamar “El mercado ilusorio”.




Cada uno de estos hombres ostenta un apabullante cirrículum académico. Pueden verlos en Internet